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27 Agosto 2018 / Editorial

Minería subterránea: Mitos y leyendas al interior de un socavón

 

En las profundidades de los yacimientos mineros se han tejido historias que acompañan a generaciones tras generaciones hasta el día de hoy.

 

 

En los territorios tradicionalmente mineros se cuentan un sinfín de historias que acontecieron en épocas pasadas y nutrieron con experiencias que sirvieron para el progreso actual del sector extractivo de cada país. En esta parte del planeta, especialmente en Perú, Bolivia, México, Chile y Colombia, el mundo de los socavones está lleno de mitos y leyendas que son propios del ámbito de las minas y de los mineros de cada región.

 

En muchas partes de estas zonas, generaciones dedicadas a la minería dan cuenta que estas actividades en las minas subterráneas vienen acompañadas de algunas creencias y supersticiones ancestrales que los trabajadores de las minas guardan hasta nuestros días.

 

En ese sentido, se dice que la cosmovisión minera está marcada por un fuerte sincretismo, donde se les reza a Dios y a la Virgen en la superficie, mientras se le realizan peticiones y ofrendas a entes malignos que existen en las profundidades de los yacimientos, para que estos colmen con la abundancia y buenas leyes de oro, plata y otros metales.

 

Para empezar, en el caso del Perú, uno de estos seres es conocido como el Tío, llanamente para no referirse al diablo. Antiguos mineros cuentan que es el dueño de las riquezas subterráneas, y para sacar provecho de ellas hay que realizarle ofrendas en un altar donde se coloca su imagen y se le obsequian cigarrillos, alcohol, hojas de coca, serpentinas de colores, entre otros objetos. En el pasado, durante la celebración de la Pachamama incluso se le rendía sacrificios de animales como llamas y corderos.

 

Además, la leyenda dice que los curas están prohibidos de ingresar a estas vetas por temor a que se produzcan accidentes causados por la furia del Tío de las minas. De la misma manera, es mejor que las damas no tengan acceso a estos socavones para no poner celosa a la Madre Tierra, mujer del Tío, popularmente conocida como la Vieja, quien desataría su ira, causando derrumbes y escasez de minerales, si su marido se enamorara de alguna visitante.

 

El Muqui también es parte del folklore nacional minero. Una de las regiones donde su historia tomó fuerza es la sierra central del Perú. Según relatos conocidos en estas zonas mineras, se trata de un ser misterioso que pude ayudar o perjudicar a los mineros, premiándolos con pozos ricos o castigándolos con vetas pobres y trágicos accidentes.

 

El Muqui ha sido visto en diversas oportunidades trabajando o caminando con sus herramientas en el interior de las minas. Se cree que la aparición de este individuo es presagio de accidentes y muertes en la mina.

 

Antiguamente, se decía que el Muqui merodeaba en los yacimientos subterráneos con una pequeña lámpara de carburo, vistiendo un poncho hecho de lana de vicuña. Físicamente, se lo describe como un enano de orejas puntiagudas, sin cuello, con dos cuernos y con pies desiguales que lo hacen caminar toscamente, además tiene una mirada muy profunda.

 

En la actualidad lo han descrito de una forma no tan diferente, aunque ahora aparezca con vestimenta típica de un minero, botas, casco y una linterna a pilas. Su voz es grave y ronca, la cual no concuerda con su estatura. Su nombre varía en algunas regiones; por ejemplo, en Puno lo llaman Anchancho, en Cajamarca lo conocen como Jusshi y en Arequipa es denominado Chinchilico.

 

La mayoría de relatos coinciden en que es posible atraparlo y hacer pactos con él para enriquecerse, o que si a la hora de escapar se le queda alguna pertenencia, esta se convierte en oro al día siguiente. Antiguos mineros refieren que para ahuyentar al Chinchilico o Muqui, hay que azotar un cinturón o correa de pantalón contra él o aventarle un manojo de llaves, ya que este tipo de actos violentos lo espantan.

 

Más allá de las fronteras de Perú, la mitología minera cobra mayor fuerza. En Chile, la Lola y el Alicanto son dos personajes importantes y notorios en las leyendas mineras y que han quedado perennes en el imaginario fantástico del minero chileno. Por otra parte, en el caso de Colombia, el Patetarro ha infundido miedo por generaciones al interior de los yacimientos mineros del norte del país. Según se cuenta, este personaje va dejando como huellas un líquido blanco, que significa una posible desgracia de inundación o desastres naturales.

 

En muchas minas bolivianas se han encontrado altares dedicados al Tío y, curiosamente también, adoratorios católicos consagrados a la Virgen y a algunos santos representativos.

 

En México, la realidad de la mitología en la minería no es ajena. El personaje de Don Juan Platas resuena de la mente de los mineros del norte del país americano. La leyenda cuenta que Don Juan Platas era un minero que trabajaba en las minas de la Sierra de La Encantada, Coahuila. Nadie supo con exactitud de donde venía ni cuál era su verdadero nombre. Sin embargo, era constante que muchos mineros lo vieran merodeando por las zonas de trabajo y que desapareciera sin dejar rastro. 

 

Estos mitos y leyendas han acompañado a generaciones tras generaciones mineras de las zonas alto andinas del Perú, así como también del resto de América Latina. Por eso, debemos siempre ser conscientes no solo de la riqueza mineral de cada país sino, también, del vasto legado cultural minero que ha perdurado a lo largo de los siglos. Ese es el punto de partida del respeto a las costumbres ancestrales y a la identidad de los diferentes pueblos que hacen de Latinoamérica una región con una herencia única en el mundo.

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