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11 Octubre 2018 / Medio Ambiente

¿Pensar verde? Qué se debe saber sobre la gestión del agua en operaciones mineras

Empresas mineras deben cumplir normas en el cuidado del agua para una actividad responsable y sostenible.

 

Queda como responsabilidad para las empresas mineras el correcto uso del agua en las operaciones.

 

ESCRIBE: Roberto Poncela Poncela

Director de Medio Ambiente de CAMIPER

 

El agua es un elemento indispensable para la vida y para el desarrollo e interacción de los ecosistemas. Además, se convierte en un activo ambiental de primer orden, pues trasciende a otros bienes intangibles ligados al desarrollo de la sociedad. Y es ahí, en ese contexto, donde las afecciones antrópicas tanto directas como indirectas inciden sobre el ciclo hidrológico, muchas ves de manera negativa y significativa.

 

Me estoy refiriendo, como se habrá podido deducir, a los temas de contaminación de las aguas (muy ligados a la contaminación de suelos) y a la sobreexplotación de recursos hídricos, especialmente de aguas subterráneas. A ello habría que añadir los efectos innegables que el “cambio climático” está ya produciendo en nuestro planeta.

 

La Minería, como actividad milenaria, no es ajena a esta situación por cuanto en el pasado, bajo legislaciones más laxas o inexistentes y una menor o casi nula conciencia medioambiental, repercutió de manera muy significativa en la degradación y destrucción de ecosistemas asociados a las zonas mineras, con importantes efectos negativos no solo a la flora y a la fauna locales, sino también a cultivos y personas. No hay que retroceder mucho en el tiempo para encontrar casos de envenenamiento por ingesta de alimentos o agua altamente contaminados.

 

Estas situaciones, incidentes y accidentes en la industria minera llevaron a considerar la actividad minera como una “actividad sucia” (y todavía quedan bastantes reminiscencias de ello): recuérdese la imagen de un picador en una antigua mina de carbón, tiznado de negro y en un entorno oscuro y degradado donde los hubiese, o el vertido de efluentes en cursos fluviales que provocaba la muerte de miles de peces, entre otros efectos nocivos.

 

Afortunadamente, y quitando los casos de minería ilegal y de poca ética (que los ha habido y sigue habiendo, aunque en menor medida), esa misma minería ya fue consciente de que se producían impactos, y que tenía que mitigarlos: labores de restauración y rehabilitación de antiguas canteras, cortas y escombreras que pretendían un integración paisajística acorde con la situación preoperacional. Y se conseguía en bastantes ocasiones.

 

En las últimas décadas, la conciencia medioambiental de la sociedad ha presionado a los políticos, lo que se ha traducido en un “boom” de legislación medioambiental, en muchas ocasiones bastante restrictiva, para dar cumplimiento a los protocolos de Kioto, Río de Janeiro y París, entre otros.

 

Y dentro de esa normativa, los temas de calidad de las aguas protagonizan un papel estelar, todo ello apoyado en vertiginosos avances científicos y tecnológicos (instrumentación y monitorización, mejoras de las técnicas analíticas, mejores estudios epidemiológicos, etc.) y sobre todo, en el principio de que “quien contamina, paga”, es decir, se contemplan medidas disuasorias tales que, antes de incumplir las normas, es mejor adaptarse a las mismas y proceder a implementar los mecanismos de control y tratamiento necesarios para mantener los equilibrios del ciclo hidrológico en óptimas condiciones. Las sanciones en caso de incumplimiento pueden llegar a ser tan cuantiosas que lleguen a cuestionar la propia rentabilidad de la inversión y, por ende, de la explotación minera.

 

Todos los países con importante industria minera, representados en todos los continentes (exceptuando la Antártida que está protegida por los convenios internacionales), recogen en su legislación al más alto nivel la protección del medioambiente y, de manera específica, la calidad de las aguas basada en unos estándares en función de los distintos usos.

 

Las empresas mineras, pues, deben desarrollar su actividad bajo esa supervisión: normas de obligado cumplimiento y ética y compromiso medioambiental para una minería responsable y sostenible. Y ciertamente se está consiguiendo. Las grandes corporaciones invierten muchos recursos económicos y humanos para desarrollar su labor con criterios de “ecoeficiencia” y de “políticas verdes” que redundan en las comunidades y en el medioambiente, pues no solo se crea riqueza sino se revalorizan aquellos bienes “intangibles” a los que me refería al principio.

 

Centrándonos en el tema de los recursos hídricos, en la gran mayoría de explotaciones mineras  el agua se convierte en un problema (o muchos) que hay que resolver: erosión, inestabilidades geotécnicas, subsidencia, reacciones químicas, vertidos efluentes, impacto a terceros, etc., por lo que es necesario establecer e implementar unos criterios de gestión minera sostenible que minimicen esos impactos negativos, para lo que se necesita:

 

  • Caracterizar la piezometría y flujos subterráneos. Drenar las aguas captadas y evacuarlas hacia zonas más favorables.
  • Aislar la mina de las aguas superficiales.
  • Mejorar la estabilidad geotécnica de taludes, bermas, drenajes, etc., minimizando el riesgo de desprendimientos, roturas o hundimientos.
  • Favorecer las labores mineras en condiciones de rendimiento y seguridad óptimos.
  • Garantizar la calidad del recurso drenado: minimización de contaminaciones no deseadas o necesidad de tratamientos para su reincorporación al ciclo hidrológico.

 

Las labores mineras se encuentran muchas veces por debajo del nivel piezométrico, o están influidas directamente por la presencia de cursos fluviales que “entorpecen y dificultan” la propia minería. En ese contexto, los temas de drenaje minero son absolutamente necesarios y cabe recordar que, cuando la gestión de los recursos hídricos mineros no se realiza de manera satisfactoria, los costes de explotación pueden elevarse hasta un tercio del coste total, lo que puede hacer peligrar toda la inversión.

 

Pero no solo el tema del drenaje es primordial, también el consumo hídrico necesario para las plantas de tratamiento, las pilas de lixiviado, etc. Este tema de cantidad está íntimamente ligado a la calidad, pues en las operaciones se producen concentraciones de metales u otros elementos, algunos altamente nocivos, que no pueden ser devueltos al ciclo hidrológico sin tratamiento adecuado. Unido a este tratamiento, en los últimos tiempos se está potenciando el tema de reutilización, no solo para los procesos mineros sino incluso para producir energía.

 

El objetivo final es equilibrar el uso de recursos hídricos, tanto en su captación (aprovechamiento y/o drenaje) como en su devolución (cuerpos superficiales y/o acuíferos). Y todo ello considerando la variable ambiental como una variable de proyecto, lo que supone internalizar esos costes en la propia explotación.

 

Para dar cumplimiento a esos objetivos planteados se establecen los Planes de Gestión de Agua o Planes de Manejo de Agua, que desarrollan e implementan unos protocolos de actuación estandarizados, frecuentemente basados en normas internacionales ampliamente reconocidas. Su operatividad depende del diseño de Redes de Control que, tanto aguas arriba como aguas abajo, permitan la caracterización de las masa de agua, tanto desde el punto de vista ecológico como químico y cuantitativo. Para ello es necesario definir una serie de indicadores que deben ser lo suficientemente significativos y representativos del parámetro a medir y de su importancia en términos de impacto y riesgo sobre el medioambiente y la salud, estableciendo previamente los niveles o umbrales de control en la situación preoperacional (conocidos como “blancos”).

 

Los monitoreos, tanto en cantidad como frecuencia, ya sean manuales o automatizados, operativos o participativos, son la pieza angular sobre la que se sustenta la toma de decisiones, hoy día apoyada por las TIC y los SIG, integrados en los diversos Sistemas de Gestión que las empresas mineras incorporan a su estrategia y marketing.

 

La República del Perú no es ajena a esta dinámica, y como país minero por excelencia, está en primeros puestos tanto en cuanto a inversiones comprometidas como previsibles, dado que está demostrando cumplir con creces los “estándares internacionales”, para lo cual es absolutamente imprescindible la transparencia y el diálogo entre todas las partes implicadas, y la pedagogía y divulgación continuas por parte de las empresas mineras.

 

Ello, además, debe sustentarse en una completa formación académica y una capacitación profesional continua de primer nivel que favorezca la mejora del desempeño en todas las facetas mineras, en particular, en aquellas ligadas al tema de los recursos hídricos.

 

Desde CAMIPER se está trabajando intensamente para hacer realidad una minería responsable y sostenible, siendo nexo de unión entre todos los “stakeholders”, incorporando criterios técnico-científicos en la toma de decisiones basados en valores éticos y humanísticos, donde la persona es el centro de actuación y promover así un reparto más equitativo en la generación de riqueza. Y para lograr esas metas, la amplia y variada oferta de capacitación que ofrece CAMIPER, en colaboración con las principales empresas nacionales e internacionales del sector minero, Universidades y otros Centros de Investigación y Administraciones Públicas, unido a las facilidades que permite el uso de plataformas digitales, se convierte en una poderosa herramienta  que trasciende fronteras y limitaciones, y que permite poner en contacto al mundo minero “en tiempo real”.

 

Pero eso no es lo único. Conscientes de la importancia de las capacitaciones y formación integral de profesionales en la industria minera, la Cámara Minera del Perú ofrece el seminario web “Gestión de calidad y cantidad de agua en operaciones mineras” que se realizará el 18 de octubre a partir de las 3 de la tarde.

 

Solo es necesario hacer un click en el siguiente enlace para poder participar: http://www.camiper.com/webinar/medio-ambiente/. Imposible pasarlo por alto.

 

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